jueves, 7 de junio de 2012

UNA PEREGRINACION SENEGALESA

A lo largo de mi vida he realizado varias peregrinaciones: Lourdes, Camino de Santiago y recientemente la llamada Khora al Kawaguebo en el lejano Tíbet. De la primera, poco me acuerdo. De la segunda, todos tenemos sobrada información. De la última, ya compartiré, cuando se tercie, aquella excepcional experiencia con vosotros. Sin embargo, tengo que revelar que hay además una cuarta peregrinación y la única realizada por motivos exclusivamente profesionales, por difícil y extraño que pudiera parecer, que resultó del todo inolvidable y no precisamente por acontecer justo en el mismo momento en el que España jugaba la final del Mundial de futbol. Una inmemorial peregrinación a una aldea perdida en la región oriental de Senegal,  cuyo nombre me vais a permitir no cometer la indiscreción de revelar.

Aquí va la parte publicable  del informe que envíe a quienes a su vez  me enviaron a tan peregrino destino como peculiar misión.

Nada más llegar a la aldea, y tras adelantar en el polvoriento camino a muchos centenares de devotos peregrinos, el marabú, hijo del difunto Khalifa General de una de las cuatro mayores  cofradías senegalesas, me  recibió muy afectuosamente. Como si estuviese esperándome  solo a mí y entre un tan piadoso como multitudinario  gentío me invitó a entrar en una amplia choza que, bien aireada, albergaba unos cincuenta peregrinos que ya habían llegado a culminar su largo peregrinar. Mientras todos los fieles estaban sentados en el suelo, el marabú hizo que nos trajeran  dos sillas, una para él y la otra para mí, desde donde no perdería detalle. No sé la de él, pero debo indicar que mi silla flaqueaba bastante de una pata, hecho que me relegaría  a un precario y angustioso equilibrio en busca del decoro y la corrección protocolaria que la situación exigía. Esta primera  ceremonia consistía en que cada uno de los fieles se le iba acercando, en riguroso orden y siempre agachados o sentados,  a contarle sus penas, sus alegrías y a compartir  sus plegarias. Cada confesión acababa de la misma forma: Bendición por un lado y  algún óbolo por otro, ya sea bajo la  forma de billetes, comida, animales, u otros objetos más o menos inservibles o incluso algunos de cierto valor. Con la habilidad que solo da la experiencia, el marabú hacía desaparecer todas las ofrendas bajo las insondables profundidades de su inmaculado sayón blanco. Entre peregrino y peregrino me hacía alguna pregunta de carácter profesional,   cuya respuesta nunca llegaba a desarrollar a mí gusto al ser sistemáticamente interrumpidos por los focos de las diferentes televisiones que cubrían el evento. “Ya hablaremos más tarde “me dijo sensatamente, medio en wolof, medio en francés.

Sentada a mis pies se encontraba asimismo Sokhna Aminata,  la muy despabilada hija del santón, mismos ojos, mismas facciones, que compartiendo nombre con la esposa más conocida del profeta  se entretuvo en hacerme cosquillas en mis pies descalzos con todo tipo de objetos, pajitas y plumas, entre otros,  y otras travesurillas y carantoñas más o menos inocentes que me procuraron gran esparcimiento para poder amenizar  el lento transcurrir del largo evento ceremonial protagonizado por su padre, sin mencionar la evidente pérdida adicional de equilibrio que todo este cariño suponía sobre el que ya por si solo me ofrecía la frágil silla de plástico en donde me asentaba. Tras dos inolvidables horas de incesantes atenciones de su hija, el marabú  me invitó a que me fuera a la azotea de su casa a descansar.


Allí, en medio de una docena de hacendosas mujeres que llevaban a sus churumbeles enfajados a sus espaldas  y que se afanaban como locas  a pelar y cortar un inmenso cerro de cebollas coloradas,  tendido en una gran alfombra azul y bajo un toldo de fortuna, intenté descansar. Al socaire de este parloteante y laborioso gineceo me permití mantener un ojo abierto al acecho de cualquier visión de marcado interés antropométrico, o, incluso fotográfico, así como cualquier  comportamiento de destacado valor antropológico. Tras varias horas y una vez consumida toda el agua del enorme perol me dieron de comer un inolvidable Chebou-Yiap, arroz con carne,- para entendernos-, el cual, horas después, y muy a mi pesar, me vería obligado a devolver.


Ya por la tarde y con el tímido languidecer de la tenaz canícula local, a falta de cinco minutos para las seis, un propio me vino a buscar. Ante el total desconocimiento de mi destino y del programa de festejos que este nos pudiera deparar, le pregunté si era el momento adecuado para darle un presente al marabú. Mientras me explicaba que aún no lo era me condujo por las polvorientas calles  hasta  la  mezquita mayor del poblado. Una vez en el sagrado recinto y descalzado y escoltado por seis gigantescos gendarmes los cuales, aunque también descalzos por respeto a tan santo lugar  portaban,- a mi modesto entender de forma algo irreverente-, unas enormes y amenazantes ametralladoras, nos fuimos abriendo paso lentamente entre una muy  abigarrada congregación de fieles que, sentados, iban todos clavando la mirada sobre esta particular comitiva recién llegada solo compuesta por el cronista de este evento y sus descomunales y bien pertrechados guardianes.

Así pues, bien protegido y rodeado de este cuerpo de elite, me condujeron por fin al santo sanctórum de la mezquita. Dentro de la umbría propia de todo templo, destacaba claramente un cuadrilátero especialmente bien iluminado por los focos de las televisiones en donde, en lugar preferente y sentados en grandes sillones, se encontraban las autoridades que parecían todas ellas ungidas por un halo de cierta santimonia. El santón me invitó ceremoniosamente a sentarme en el suelo al lado suyo y en medio de la alfombra que centraba toda la ceremonia no sin antes presentarme a dos ministros, un par de califas colegas y otros tantos gobernadores. Mis obligados “salam malekoum” irrumpieron en el silencio sepulcral del  multitudinario recinto religioso. La protocolaria simetría de sus respectivas  respuestas,-“malekoum salam”.-, también.

Todo había sido previsto para que mi llegada teatral  adquiriera la máxima relevancia y notoriedad escenográfica. Comenzaron, acto seguido, una larga retahíla de salmos e invocaciones. Debo de confesar que la ceremonia, gracias a Dios, no duró más de una hora. Un joven fiel, micrófono en ristre, repetía y amplificaba las plegarias casi inaudibles de un viejo oficiante a no más de dos metros de donde me encontraba con las piernas penosamente plegadas. Con el fin de olvidar los cada vez más frecuentes calambres que empezaban a atenazar mis oxidadas articulaciones, me entretuve con la muy socorrida observación sociológica. Y debo mencionar el hecho singular que entre los varios cientos de fieles allí congregados no encontré a más de tres o cuatro mujeres: La madre y la madrastra del marabú y alguna más. Notable el hecho y notables ellas, que sin alcanzar ese grado de excelencia social no pueden acceder a tan sagrado lugar.

Acabado el ceremonial y tras las obligadas fotos junto al retrato del difunto califa padre, busqué mis zapatos religiosamente abandonados a su suerte a la entrada de la mezquita. Encontré el izquierdo. El derecho apareció varios minutos y bastantes metros después de ser arrastrado por una ingente riada  de fieles asistentes  y penitentes.

Una vez calzado, el marabú me cogió de la mano. Todas las autoridades que ya salían disparadas hacia sus cochazos blindados y todo el pueblo llano de esta aldea perdida, vieron este gesto de un más que simbólico enlace fraternal. Debo de reconocer por mi parte que desde mi posición preferente no alcancé a distinguir entre la multitud  a ninguna de las autoridades que me habían asegurado la víspera su segura asistencia a la ceremonia: Al  Gobernador de  la región, al Presidente del Tribunal Regional y al Director del Hospital Provincial, entre otros. Pero me consta que ellos sí me divisaron tal como me lo confirmaron días después.

Seguimos así, en olor de multitudes, cogidos de la mano en un paseo triunfal por las atestadas  calles de la aldea que, con todos los respetos y diferencias, me recordó la llegada de Jesús a Jerusalén el Domingo de Ramos, confiando, eso sí, que la coincidencia de situaciones no se extendiera también al fatal y muy conocido desenlace de aquellos acontecimientos que marcaron el nacimiento de una nueva era.

Saludábamos a todos a la par, a diestra y siniestra, mientras que la chiquillería  empezaría vociferar Touba, Touba, (hombre blanco, hombre blanco). Debo de confesar que de los varios miles de fieles que acudieron a la llamada a la oración del marabú, era con toda seguridad el único Touba. Pero el conjunto de los acontecimientos me sorprendieron tanto que aun pienso como sucesos así pueden todavía ser vividos en pleno siglo XXI.

La inercia del efecto de nuestro entrelace de manos me lleva también a recordar que durante un buen rato después de habernos desenganchado, media umma, media congregación de fieles musulmanes y romeros se me acercarían  respetuosamente a dar la mano al Touba-hermano-del-marabú en un acto de  confraternización callejera  repartidos entre la curiosidad por mi singular condición de foráneo y la búsqueda de cierta notoriedad popular, de la que de aquella puedo confesar que forma parte esencial de mis aficiones viajeras y de esta solo puedo añadir no estar en absoluto familiarizado.

Mientras pensaba que solo me faltaba por oír el ensordecedor ruido de las odiosas trompetillas futboleras, juntos, y todavía cogidos de la mano, visitamos un par de casas de los notables, en donde sendos ancianos me bendijeron tras leerme las manos ceremoniosamente, en un acto no exento de riesgo tal era la aglomeración que, arropándonos profusa y apasionadamente, no quería perderse detalle de tan docta lectura.

Finalmente llegamos al patio de su casa y nos colocamos sobre dos alfombras dispuestas a tal efecto. Nos trajeron dos sillas, pero el marabú ni tan siquiera se sentó dejándome solo en tan privilegiada posición frente a sus numerosísimos invitados. La pequeña  Sokhna Aminata, con el cabello profusamente engalanado de perlas rosas, estratégicamente emplazada, no  separaría, durante toda la ceremonia, la inocencia casi terminal de sus escasos diez años ni tan siquiera medio palmo de mí.

 Comenzaría allí un larguísimo festejo litúrgico  que no paró hasta la llegada de las primeras luces del amanecer. Tambores, bailarines, orquesta y coro de santones. Todo muy islámico, muy casto, muy religioso. Muchos velos y poca espontaneidad tópica de lo que consideramos la ritualidad africana más asilvestrada. Lo siento. Aunque confieso que la esporádica irrupción de alguna que otra jovencita impropiamente descocada y sus casi procaces ademanes, bamboleantes encantos y sugerentes hechuras me devolverían fugazmente a los innegables peligros que ofrece el  siglo de la globalización.

Mientras tanto el marabú, al igual que por la mañana, no paraba de repartir bendiciones y recibir ofrendas y contraprestaciones sin fin, para luego, tras sumergirlas previamente  en su inmenso sayón,  repartirlas generosamente  entre los muchos necesitados de su propia umma.

Tras varias horas de permanecer religiosamente sentados en el suelo, mi anfitrión y aun sin haber podido hablar tranquilamente con él, se apiadó de mi y con un cariñoso “debes de estar adolorido, no estás acostumbrado a esta postura”, me permitió que me retirara.”Charlaremos mañana”. Manguidem. Nos vemos pronto.

Pero en el interminable transcurrir del acontecimiento religioso, nadie, ni tan siquiera el muy ocupado santón, había interrumpido el cansino ritmo de los salmos y había pensado en asignarme aposento alguno para pernoctar. Su secretario y buen amigo mío había a su vez desaparecido devorado por la piadosa  multitud.

Ante tal tesitura podría haber cogido el coche y marcharme por las dos horas nocturnas de  pista polvorienta que me separaban del  hotel más cercano. Pero, de haberlo hecho, no hubiese culminado del todo mi delicada misión; por lo que tuve que improvisar un tanto. La cuestión devino ardua puesto que había varios miles de fieles que desbordaban con creces la capacidad de acogida de estas hospitalarias gentes y de su pequeña aldea. Cada uno se buscaba un precario acomodo nocturno. Ya sea bajo los  muy patriarcales arboles de la plaza o en los tremendamente cotizados patios de las casas. Incluso cientos de peregrinos se subían a los techos de los autobuses para pasar buenamente la noche ahí arriba al resguardo de las muchas eventualidades que pudiera ofrecer la acechante noche subsahariana. Cada uno se buscaba la vida como mejor podía. La ley de la selva estuvo a punto de hacer su aparición.

Afortunadamente una buena samaritana  se apiadó de mi aparente indefensión de lejano peregrino dejándome un colchón, cuya descripción,- por motivos puramente estéticos y diplomáticos-, prefiero omitir. Más tarde, otra mujer, quiero creer que del entorno del marabú, apareció con un impecable juego de sábanas marrones que iluminaron la noche con sus dibujos cuajados de enormes margaritas blancas.

El lecho en cuestión y sus floridos embozos fueron muy bien recibidos, y ahora pienso que no solo por mí. Y de aquella manera extendí el colchón y sus floreadas sabanas en medio de la inmensidad de la noche africana, allí mismo, al raso. Y así pasé la noche, en medio de aquella perdida aldea del Sahel africano,- ese inmenso y tórrido territorio que ni es desierto, ni es selva-, rodeado de unas cuantas docenas de peregrinos que, como yo, buscaban el merecido descanso a tan polvoriento peregrinar bajo un cielo más amenazante que estrellado, pensando sosegadamente que, estando tan sumamente bien acompañado cualquier alimaña se hartaría con el inmenso festín que encontraría en su camino antes de prestarme atención e interrumpir mi merecido descanso.

Quien no conozca África debo de decir que su impronta es absolutamente omnipresente. Tanto de día como de noche. Y ahí pude comprobar que efectivamente a pesar del sueño que me embargaba no perdí la noción de mi exacta ubicación: Estaba en África, no cabía duda;  porque primero, con cierta timidez, pero, luego de forma más descarada, aparecieron en la negrura varias oscuras figuras que quisieron comprobar si mi privilegiado campamento de fortuna estaba también sujeto a las normas de la generosa hospitalidad y solidaridad- la teranga- que imperan tradicionalmente por estos vastos territorios del occidente africano. Unos comenzaron primero reposando las cabezas, otros los pies, uno más tarde incluso medio cuerpo; total que poco a poco mi precario tálamo personal devino colectivo llegando en mi duermevela incluso  a emular aquel cuadro paradigmático del romanticismo francés,- “La balsa de la Medusa”, de Gericault-, en donde se representa magistralmente los restos de un naufragio de un barco esclavista, acontecido precisamente frente a las costas senegalesas a comienzos del siglo XIX, en el  cual, a la sazón negros y blancos supervivientes se aferraban por igual a su  precaria tabla de salvación.

Bien entrada la noche, en vez de por fin lograr la culminación de ese mito sicalíptico de todo Touba que se precie de ser plácidamente abanicado por una sugerente nativa de ébano, una más que muy considerable, carnosa y jadeante “mamie africaine” intentó una maniobra de aproximación a nuestra patera colectiva, o, más bien, colectivizada, en busca de una añorada solidaridad local. Intuyendo la buena mujer que la segunda ley de Newton le garantizaba por diferencia de masas una posición aventajada, puso un pie y media de su nada discreta asentadera dispuesta a conquistar el reducidísimo espacio de intimidad que aun quedaba en el atiborrado lecho compartido, no quedándome por lo tanto más remedio que realizar un brusco cambio de posición a la que mis compañeros periféricos de infortunio respondieron sublevándose al unísono e impidiendo así que la abultada matrona alcanzara a ser titular de derechos de usufructo o cualquier otro status de  privilegio a costa del mío y del que ya hacía horas habían consolidado también mis discretos compañeros de “naufragio”. 

Con la llegada de las primeras luces del alba, los tambores y los salmos religiosos se fueron apaciguando y poco a poco permitieron a los náufragos de esta patera noctámbula conciliar un tan ligero como anhelado sueño, una vez recobrado el silencio y sustituidos los cánticos por el croar de las enormes rapaces que, hambrientas, poblaban aquel entreverado amanecer africano.

Ya por la mañana me quedé con ganas de agradecer a la organización de la romería que nunca fuera desbordada por la presión de tan peregrinos avatares. Simplemente quizás porque no llegué nunca a ver atisbo alguno de tal organización. Tampoco quiero entrar en nimios detalles escatológicos sobre las condiciones higiénico-sanitarias del evento en donde una tranquila aldea se vio invadida por varios miles de devotos romeros y sus muy humanas necesidades que acudían en masa  a la llamada de nuestro amigo el marabú. Aun así, debo decir que me sorprendió, dentro de la absoluta precariedad de medios, la enorme dignidad de este pueblo muy superior, y ello no me cabe la menor duda, a la de otros pueblos del llamado Primer Mundo cuando excepcionalmente se ven sometidos a tal estado de vulnerable   desafección.

Mucho más tarde, aliviada mi blanca humanidad de los restos de la hospitalidad africana recibida, y en un denodado esfuerzo por volver a hablar con el santón en privado, pude finalmente ser recibido en sus aposentos: Se encontraba tumbado en su cama y como buen anfitrión fui invitado a hacer lo mismo. Hecho que para nada es analizable con nuestros ojos occidentales como si se tratara de un escenario marital, procreativo o para el simple y solaz esparcimiento, sino que en estas latitudes compartir lecho para conversar alcanza una altísima consideración protocolaria y social.

  Una vez los dos cómodamente instalados en su lecho, con voz tan firme como  vehemente, el líder religioso fue expulsando uno a uno a todos los fieles y admiradoras  que a docenas querían compartir, como yo, mi condición de huésped de honor,  su  lecho,   nuestras confidencias y quién sabe si hasta otras cosas…

Fue breve, pero finalmente acabé besando al santo. Custodiado todavía  por la intimidad de tan solo  media docena de personas  de su irreductible y más cercano entorno que se resistieron a dejarnos solos, pude hablar lo que necesitaba con él y entregarle simbólicamente el regalo que constituía mi tan singular como humanitaria  misión. Pensé que era una verdadera lástima que fuese el único testigo “touba” en poder vivir estos inolvidables momentos. Y bien sabe Dios que no lo digo en absoluto por la noche peregrina y tan toledana como africana; ni tan  siquiera por el inolvidable Chebou-Yiap, que ningún débil estomago blanco tuvo la ocasión de disfrutar y compartir conmigo.

Bendecido y otra vez escoltado por miembros mandinga de la gendarmería pude salir con bien de la multitudinaria peregrinación y regresar a mi lejano hotel para recuperarme, con los escasos privilegios que dicha instalación ofrecía, de tantas emociones y vivencias inenarrables. Manguidem santón.


Desde Senegal con 48º, a 11 de julio de 2010.

N.B. Me acaban de comunicar que este año me toca volver a peregrinar y ver a mi amigo el marabú. Ya os contaré. Inshalá.


Fernando Diago
Aprendiz viajero

3 comentarios :

  1. Esto que nos cuentas es toda una aventura, una experiencia nada común ni normal.
    A pesar de la solemnidad de dichos actos no he podido evitar reírme en algún momento según lo describes. Esa “Balsa de la Medusa” debió ser estremecedora.
    Debe ser todo un acontecimiento que un acto de estos reúna a tantas personas en una pequeña y tranquila aldea.
    Que costumbres tan diferentes a las que nosotros tenemos.
    Me alegro que después de todo cumplieras con el objetivo de tu viaje.

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  2. Una interesante experiencia esta peregrinación Senegalesa. Me ha encantado leer todo lo que nos cuentas sobre este destino diferente a lo que estamos acostumbrados. La verdad es que muchas veces por desconocimiento nos perdemos conocer sitios y costumbres como estas.
    Saludos.

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  3. Lo que uno aprende viajando , desde luego que costumbres tan diferentes , gracías por este artículo sabemos un poco más de Senegal .

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